
Nuestra relación estaba basada en una bonita amistad que nació por casualidad. Gracias a unos amigos comunes, gracias a un viaje inesperado para unos y muy esperado para otros.
No se por qué, desde el primer momento, tuve la sensación de que ya te conocía. No se por qué supe, que ante ti podía mostrarme tal y como era desde el principio.
Y poco a poco, nuestra amistad fue creciendo y afianzándose día tras día en la distancia. Unas veces más kilómetros y otras menos, pero siempre hemos estado en sitios distintos. Yo hacia el norte, como tú decías, y tú más al sur. Al fin y al cabo… ¿qué nos hemos visto?? ¿3 veces?? Pero existía, éramos amigos.
Ahora llevo mucho tiempo sin saber de ti. Hasta ahora no me había parado a pensar en lo mucho que te echo de menos. De pronto me he acordado de todos esos momentos que compartimos y me entristece imaginar que no van a volver.
Todavía me cuesta entender que hay personas que llegan a tu vida y que tarde o temprano terminan desapareciendo. Se esfuman sin dejar más rastro que el de su recuerdo, pero no podía imaginar que tú fueras una de ellas. Porque siempre estabas ahí. Porque cuando necesitaba reír, tú me hacías reír, porque cuando quería llorar, unas palabras tuyas, aunque tú no lo supieras, levantaban mi ánimo. Porque simplemente eras tú. Y me escuchabas, aunque en realidad no tuviera nada que decir. Estabas ahí…
Ha pasado mucho tiempo. Puede que ya sea muy tarde, o tal vez no. Ni siquiera se si algún día leerás esto. Pero todavía me queda la esperanza de que vuelvas, de que sigas estando ahí, escuchándome aunque no tenga nada que decirte, ni tú a mi, hablando por hablar y compartiendo esos momentos que quedan en el recuerdo, esos que de pronto vienen a mi cabeza y que algún día formaron parte de nosotros.